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Y volvemos al Vaticano y sus Museos.

Centenares de personas inundábamos las salas.

Caminábamos contemplando la historia, impelidas, como en los pasillos de un IKEA, pero sin atajos.

Me vino al recuerdo la frase napoleónica de “Cuarenta siglos de historia nos contemplan”. Las piedras y objetos de las vitrinas permanecían mudas, expectantes y nosotros pasábamos por delante pendientes del móvil y del abanico.

Aquellos  restos nos explicaban quienes somos, aunque vista la urgencia con la que circulábamos, tuve la sensación de qué poco nos importa el pasado, porque a duras penas lidiamos con el presente y adornamos el futuro, que siempre, nos decimos, será mejor.

Casi sin tiempo para disfrutar del legado, me acercaba a las inscripciones suméricas y les hacía una fotografía, A corre cuita, como decimos en catalán, porque el visitante que tenía detrás me pisaba los talones.

Tablillas de tres mil años de historia mostraban una protoescritura que constituía el origen de nuestra caligrafía; un origen que arranca de la necesidad de recordar productos de la tierra, ganado y bienes manufacturados.

La cuña imprimía sobre la arcilla húmeda unos datos concretos, pero no conceptos.

Para poder reflejar estos conceptos abstractos tuvo que recurrirse a otros símbolos con valor fonético que fueron evolucionando porque se generaba confusión con las palabras homófonas.

Desde las primeras tablillas descubiertas por Pietro della Valle en 1671, se necesitaron dos siglos para que aquella escritura primigenia fuera traducida e interpretada correctamente.

Y de esas formas cuneiformes surgieron las lenguas sumeria, acadia, elamita, hitita, ugarítica….lenguas que dieron lugar al indoeuropeo y de ahí a nuestras lenguas romances.

De ahí que te sugiero, lector,  si tienes la oportunidad de observar estas tablillas u otras, te tomes tu tiempo -si puedes- y reveréncialas como se merecen, porque tres mil años de historia te esperan.