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El examen de la firma atribuida a Salvador Dalí revela una serie de indicadores gráficos que deben ser valorados desde una perspectiva estrictamente pericial,sin entrar a valorar -en ningún momento-la autenticidad de la obra.

Algunos de esos indicios son:

  1. La regularidad en el movimiento: el trazado discurre como una góndola veneciana, sin prisas; y es precisamente esa falta de energía que, paradójicamente, revela tensión en el trazado.
  2. El perfil ascendente de la consonante L, sube con miedo; y ese pavor a ocupar el espacio superior se traduce en un sutil temblor, en el ligero estrechamiento del calibre y en el cambio brusco con levantamiento de útil en la zona alta del inflado de la consonante.
  3. Control en la ejecución de la tilde; a pesar de ese alargamiento descendente y desproporcionadamente largo, este se detiene justo en el lugar exacto. Ni más ni menos.
  4. La rúbrica reducida a una mancha.
  5. La colocación escalonada de los números del año.
  6. Finalmente, el evidente retoque en el anillado de la primera vocal: resulta un entreno caligráfico con un óvalo redondeado, lento y dibujado.

La lentitud, el retoque, el miedo y el control desdibujan la personalidad excéntrica del artista.

En las firmas indubitadas hay oscilación interna, pero coherente y también,  una velocidad creciente; una ejecución típica de quien quiere acabar rápido o de quien valora, poco o nada, esa rúbrica, porque el valor del soporte es la obra y no las cuatro letras de su apellido.