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Buenos Aires, 30.06.2026*

En primer lugar, quisiera agradecer esta invitación al Presidente del Colegio de Calígrafos Públicos de la Ciudad de Buenos Aires y también a todos ustedes por su asistencia.

En esta ocasión he sido invitada a hablar sobre un  tema que si bien es necesario genera cierta suspicacia: la comprensión holística del documento; es decir, una visión global del documento, porque la escritura no surge en el vacío.

Todo acto de escritura está condicionado por múltiples factores que interactúan entre sí: la personalidad del sujeto, su estado emocional, el propósito y el contexto comunicativo, entre otros.

Escribir implica siempre una posición psicológica y relacional frente al otro; incluso en textos aparentemente objetivos y técnicos, el sujeto deja rastros de su manera de percibir, interpretar y gestionar la realidad.

Tradicionalmente, distintas disciplinas han abordado la escritura desde perspectivas diferenciadas.

La grafología estudia la relación entre escritura y personalidad, tratando de comprender cómo determinados rasgos gráficos pueden vincularse con tendencias psicológicas o modos de comportamiento.

Desde la grafología, el interés se centra en elementos como la presión, el ritmo, la velocidad, la tensión, la ocupación del espacio o el grado de cohesión gráfica. Estos indicadores permiten observar la dinámica expresiva del sujeto, su nivel de control o impulsividad, su estabilidad o adaptación emocional, etc.

Por su parte, la lingüística forense ha centrado su atención en la construcción del discurso suscitado en un contexto particular y significativo, analizando estrategias discursivas, intencionalidad, fenómenos de atribución de autoría, formas de cortesía, agresividad verbal o mecanismos de victimización.

Finalmente, la pericia caligráfica ha trabajado sobre la individualidad gráfica, estudiando los elementos que permiten identificar o excluir la autoría de un escrito o firma.

La propuesta de esta breve disertación consiste en integrar estas miradas para comprender la escritura como un fenómeno complejo, donde lo gráfico, lo lingüístico y lo psicológico se encuentran profundamente interrelacionados.

Todo ello porque la escritura refleja  cómo es su autor, cómo se siente, qué pretende comunicar, qué teme, qué intenta ocultar o enfatizar y, especialmente, cómo desea ser percibido por los demás.

En este sentido, todo texto constituye  una construcción identitaria y relacional.

Desde esta perspectiva, la escritura deja de entenderse únicamente como un producto técnico para convertirse en un acto profundamente humano, donde convergen personalidad, emoción, intención y contexto.

  1. Unidad y coherencia

Cuando en julio del 98 fuimos a examinarnos de grafología a París, nos enfrentamos a varios documentos escritos en idiomas que no eran el español; yo me dije: eso no importa, Mireia, porque me enfrento solo a la escritura. Y me equivocaba.

Sí importa, conocer la lengua para entender mejor qué palabras hace mayor hincapié el escritor, que palabras le infunden rabia, miedo, huida o con qué palabras se siente más cómodo el firmante.

Y este planteamiento tiene mucho que ver con una concepción más profunda de lo que es el ser humano, el ἄνθρωπος (ánthropos).

De hecho, mi biografía está ligada con ese anzropos, con esa búsqueda de conocimiento: primero estudié filología clásica porque quería saber qué hay detrás de mi lengua; después me pregunté: quién hay detrás de mi lengua, de ahí que me formara en grafología, en la pericial caligráfica, en criminalística, en criminología, filosofía etc.

El anzropos

Cada persona posee una identidad que la distingue del resto de seres humanos y también del resto de especies. La naturaleza nos ha otorgado un ADN exclusivo e irrepetible, y esto ya nos habla de una individualidad radical: de un conjunto de rasgos propios que nos singularizan y al mismo tiempo, nos identifican.

En pericial caligráfica hablamos de idiotismos gráficos; en lingüística forense, de idiolecto, es decir, de esa manera tan concreta y particular de hablar, escribir y expresarse que posee cada individuo.

En grafología hablamos de esa relación de trazo, forma, movimiento y espacio que revelan también una manera particular de enfrentarse al mundo, y de lidiar con uno mismo.

Porque el ser humano no solo comunica información: comunica identidad.

Cuando analizamos un documento, no analizamos únicamente tinta, trazos, palabras o estructuras gramaticales. Analizamos la proyección de ese anzropos, de una conciencia, de una biografía, de una forma concreta de estar en el mundo.

Por eso considero que el documento debe comprenderse de manera holística: no como un simple objeto técnico aislado, sino como la manifestación compleja de un sujeto.

Es cierto que cuando nos enfrentamos a un análisis de una firma, pensamos en solo aspectos técnicos de cotejo, evidentemente, pero también nos fijamos en otros aspectos vinculados con el estado emocional del firmante, planteándonos, por ejemplo, si el sujeto ha estampado su firma bajo presión, coacción o causas endógenas modificadoras del grafismo.

En clase de bachillerato -soy profesora de latín y mundo clásico- hemos abordado el tema de las Dionisíacas, del S V a. C.; aquellos festivales y competiciones teatrales de la antigua Grecia en los que dramaturgos como Eurípides, Esquilo o Sófocles representaban sus obras ante miles de espectadores.

Y resulta interesante observar que, en los orígenes del teatro, los actores eran unos pocos y siempre los mismos. El teatro comenzó con un solo actor; posteriormente pasó a dos y más adelante a tres.

Los intérpretes debían cambiar rápidamente de personaje mediante distintos recursos externos: el vestuario, las túnicas de diferentes colores, las pelucas, el calzado o, especialmente, las máscaras.

Aquellas máscaras —el πρόσωπον (prósopon) griego— no solo permitían identificar visualmente al personaje, sino que además estaban construidas para modificar la voz, el timbre, la resonancia o la gravedad del sonido. Es decir, la máscara no solo transformaba la apariencia: transformaba también la proyección de la identidad.

Y precisamente de ese prósopon deriva nuestra palabra “persona”.

Los clásicos comprendieron ya algo profundamente importante: para reconocer a alguien necesitamos rasgos distintivos. Necesitamos signos de identidad.

Y esa intuición antropológica es, en el fondo, la misma que empleamos hoy en las ciencias forenses.

Cuando realizamos un análisis de autoría, ya sea caligráfico o lingüístico, lo que hacemos es identificar patrones, rasgos recurrentes, marcas individuales.

Del mismo modo que el espectador griego reconocía al personaje por su máscara, su vestimenta o su forma de expresarse, nosotros tratamos de reconocer al autor a través de sus idiotismos gráficos, de su idiolecto, de sus estructuras sintácticas o de sus hábitos expresivos.

Porque toda producción humana deja huella de identidad.

Y por eso considero que nuestra profesión entronca profundamente con la propia naturaleza del ser humano.

¿Qué hay detrás del ser humano?

¿Cómo funciona su alma, su mente, su dimensión simbólica, su necesidad de trascendencia?

Los griegos hablaban del soma, del cuerpo; de la psique, de la mente o el alma; y también del espíritu como dimensión superior del hombre.

Porque el ser humano no es únicamente una suma de partes aisladas, es mucho más que una concepción Gestalt.

Y precisamente -y todos tenemos experiencias de ello- cuando alguno de esos elementos constitutivos se fractura o queda debilitado, el hombre también se rompe interiormente.

Necesitamos identidad para mantener nuestra cohesión y necesitamos coherencia para garantizar nuestra identidad.

Por eso, cuando un perito se enfrenta a un documento, no debería limitarse únicamente al análisis técnico fragmentario. Debe buscar también la globalidad del sujeto, la comprensión holística del documento y de la persona que hay detrás de él.

Porque, de lo contrario, quizá el análisis también quede incompleto. Quizá también quede cojo.

2. El contexto

A pesar de esos idiotismos gráficos o lingüísticos individualizadores, un individuo no escribe igual en todos los contextos ni construye su discurso del mismo modo frente a diferentes destinatarios.

La escritura se adapta constantemente a las circunstancias, por ejemplo: al contexto físico (pos-it, muro, papel), al contexto relacional (nota privada-una lista de supermercado-carta a un tercero), al contexto emocional etc.

El ejercicio de escribir es un acto de constante aceptación y adecuación al contexto y nos preguntamos, si ese contexto ejerce un papel referente, adaptativo o limitante.

Esto conduce a una cuestión especialmente relevante desde una perspectiva holística: los límites entre la espontaneidad natural y la adaptación estratégica al contexto/entorno.

Tanto en lingüística forense como en grafología y documentoscopia, surge una pregunta clave: ¿hasta qué punto aquello que observamos pertenece realmente a la personalidad del sujeto y hasta qué punto responde a una acomodación impuesta por el entorno comunicativo o material?

En lingüística forense, por ejemplo, cabe preguntarse dónde termina la personalidad lingüística libre de un escritor —su dialecto, sus preferencias léxicas, su sintaxis espontánea o su idiolecto— y dónde empieza la adaptación estratégica al contexto comunicativo.

Ningún sujeto escribe de forma completamente libre: el contexto condiciona el registro, el grado de formalidad, la selección léxica, la extensión de las frases e incluso la intensidad emocional del discurso. Un individuo puede modular su lenguaje en función del receptor, de la jerarquía social, del miedo, de la presión o de la intención persuasiva.

Por ello, el análisis forense no puede limitarse a observar rasgos aislados, sino que debe interpretar hasta qué punto esos rasgos son genuinos o contextualmente inducidos.

De hecho en la grafología francesa aprendí que necesitamos confeccionar síndromes gráficos con varias especies para emitir una conclusión concreta del perfil psicológico del escritor; no podemos extraer conclusiones de un rasgo aislado porque puede ser accidental o fortuito.

Si en estas disciplinas forenses necesitamos dirigir el análisis teniendo en cuenta el contexto surge entonces otra cuestión fundamental: ¿dónde acaba la espontaneidad gráfica y dónde empiezan las exigencias de legibilidad?

El sujeto escribe condicionado por una necesidad práctica: debe garantizar un mínimo de claridad, aunque ello implique sacrificar parte de su espontaneidad escritural.

En el ámbito de la lingüística forense se insiste constantemente en este contexto: no es lo mismo una amenaza emitida en un entorno familiar que en uno laboral; no es igual una amenaza pública que una privada; tampoco es lo mismo un hecho aislado, que una  conducta reiterativa.

Además, el contexto no solo afecta al emisor, sino también al receptor. La interpretación de un mensaje depende igualmente de la personalidad, vulnerabilidad y situación contextual de quien lo recibe.

  1. Los vínculos entre gesto gráfico e intención discursiva

Otra de las ideas fundamentales de esta propuesta es que existe una relación profunda entre el movimiento gráfico y la intención comunicativa del sujeto.

El anzropos comunica un qué, un porqué, un para quién y un para qué.

Todo discurso posee una intención, una dirección y una carga emocional manifiesta tanto en la expresión escrita como en el lenguaje empleado.

Veamos, por ejemplo, la puesta en página y un mensaje/texto:

Un texto de márgenes respetuosos (desde el punto de vista grafológico) y un discurso cortes: cuadra.

Espacio grafológicamente respetuoso y un discurso con una violencia indirecta: también cuadra en un contexto de manipulación del lenguaje.

Así, una escritura impulsiva puede aparecer acompañada de un discurso acelerado, con repeticiones, acumulación emocional y escasa planificación textual.

Del mismo modo, una escritura rígida y controlada puede coincidir con formalismo excesivo, hipercorrección lingüística y estrategias de comunicación de distanciamiento emocional o de conducta defensiva o extrapunitiva.

En otros casos, una escritura fragmentada o vacilante aparece asociada a  un discurso con contradicciones, ambivalencias o inseguridades

En muchos documentos aparece una coherencia global entre gesto, emoción y construcción discursiva. Pero nos podemos preguntar:

¿Puede existir contradicción entre lo que el sujeto quiere decir y cómo gráficamente lo expresa? Sí, en escrituras de criminales en los que se quiere redimir la imagen pública y al mismo tiempo se emplea un lenguaje violento.

  1. El análisis de rasgos idiolectales y estilísticos

Del mismo modo que existe una individualidad gráfica, también existe una individualidad lingüística.

Cada persona desarrolla a lo largo de su vida una forma relativamente estable de expresarse que se manifiesta en la elección de determinadas palabras, en la construcción de las frases, en la organización del discurso y en la manera de interactuar con los demás mediante el lenguaje.

En el acto comunicativo debemos tener en cuenta dos conceptos: el lexicón y el idiolecto.

El lexicón es el almacén cognitivo donde una persona guarda las palabras que conoce, junto con la información asociada a ellas: su significado, pronunciación, ortografía, categoría gramatical y relaciones con otras palabras.

Un dato: El cerebro necesita apenas unas décimas de segundo para seleccionar una palabra entre miles de opciones almacenadas en el léxico mental. Esta velocidad explica por qué gran parte de nuestras elecciones lingüísticas son automáticas.

Precisamente esa automatización convierte al lenguaje en una fuente extraordinariamente rica de indicios de autoría, ya que resulta muy difícil controlar conscientemente cada una de las decisiones léxicas que tomamos durante la producción de un texto.

La segunda huella lingüística individual la denominamos idiolecto. El idiolecto constituye el conjunto de rasgos lingüísticos característicos de un individuo y puede entenderse como una especie de “firma verbal”.

Aunque todos compartimos una misma lengua con normas universales que garantizan la comunicación, cada hablante termina desarrollando hábitos expresivos propios que le confieren una cierta singularidad.

Desde el punto de vista léxico, todos tenemos palabras favoritas, expresiones recurrentes, muletillas, fórmulas de cortesía, tecnicismos, extranjerismos, vulgarismos, etc.

En el plano sintáctico resultan especialmente relevantes aspectos como la longitud media de las frases, el grado de complejidad estructural, el uso frecuente de coordinación o subordinación, figuras estilísticas, conjunciones, o repeticiones de ciertos elementos gramaticales, etc.

También, se analizan las estrategias de comunicación: la forma de argumentar, justificar, acusar, persuadir o defenderse suele presentar patrones relativamente estables.

Algunos sujetos recurren frecuentemente a la ironía; otros emplean mecanismos de victimización, culpabilización o manipulación emocional; algunos muestran una necesidad constante de legitimarse, mientras que otros utilizan estrategias de confrontación directa o de evitación del conflicto.

Todos estos elementos constituyen marcadores de identidad desde el punto de vista de la lingüística forense; son elementos automatizados, difíciles de obviar o modificar; es decir de la misma manera que en pericial caligráfica un falsificador  no puede modificar todos los géneros gráficos sin que se revelen las huellas de ese esfuerzo, en lingüística forense se considera que es muy complejo modificar de manera sostenido todos los niveles del lenguaje. Esto hasta ahora, porque la IA ha despersonalizado el discurso, pero esto, da para otro debate.

*Extracto de la conferencia.