Hace unos días vi en Netflix un reportaje -La cueva de los huesos- que explica una expedición arqueológica de 2013 a 2022; un equipo liderado por Lee Berger descubrió en el sur de África la Rising Star Cave, un yacimiento excepcional que reveló una nueva especie de homínido: Homo naledi. Los restos están datados entre 335.000 y 236.000 años.
El yacimiento incluye una zona concreta —la cámara Dinaledi— a la que solo se accede tras un recorrido extremadamente complejo: pasajes estrechos, ascensos y descensos, y un pozo vertical de unos 12 metros.
En ese espacio se documentaron restos de fuego y enterramientos intencionales, entre ellos el de un niño colocado en posición fetal, con un objeto depositado en la mano.

El cuerpo fue extraído en bloque y analizado mediante técnicas de escaneado tridimensional, lo que permitió identificar el objeto como una piedra tallada con filo, funcional como herramienta.
Además, en las paredes de la cueva se observaron grabados formados por trazos verticales y horizontales, organizados de manera regular, similares a los hallados en otros contextos prehistóricos.
Lo problemático del hallazgo es que Homo naledi presenta una capacidad craneal muy reducida, comparable al tamaño de una naranja.
Su anatomía combina manos sorprendentemente modernas con rasgos del rostro o craneales arcaicos, próximos a los de un chimpancé.
Según los modelos clásicos, un cerebro de ese tamaño no permitiría conductas simbólicas complejas como el enterramiento ritual o el arte de las paredes de la cueva.
Sin embargo, el esfuerzo de trasladar un cuerpo por un recorrido tan tortuoso, enterrarlo en un espacio segregado y acompañarlo con un objeto sugiere cuidado, vínculo y proyección más allá de la muerte.
Y recordemos que el enterramiento no es una conducta animal, sino humana porque implica relación, actividad ritual y sentido trascendente.
Desde una perspectiva lingüística y simbólica, resulta sugerente recordar que logos, en griego, significó originalmente trazar, marcar, rayar antes que “palabra”.
Y he aquí, que el pensamiento lógico-racional se enfrenta a una realidad más trascendente, diría espiritual: los grabados de Rising Star pueden entenderse como una forma primitiva de logos: una inscripción mínima que da sentido a la materia.
Quizá la capacidad simbólica humana no dependa tanto del tamaño del cerebro como de algo más radical: la relación con el otro, los ritos y la intuición de la trascendencia después de la muerte física, es decir, la espiritualidad.
El caso de Homo naledi sugiere que dicha capacidad simbólica no depende únicamente de la anatomía, sino que está vinculada a un logos trascendente a la materia, intuido ya por los presocráticos y que se describe en el relato bíblico como un elemento cosmogónico.
Por eso, y siguiendo con el silogismo, podríamos afirmar que lo que nos hace humanos es, precisamento, lo que tenemos de divino.