Hay una idea que suele pasar desapercibida cuando analizamos un mensaje: prestamos mucha atención a las palabras, pero muy poca al lugar donde esas palabras han sido depositadas.
Sin embargo, el soporte nunca es un elemento neutro. También comunica. De hecho, en numerosas ocasiones aporta tanta información como el propio contenido del mensaje.
Esta reflexión surge tras la lectura de El primer millonario de Barcelona, de Fèlix Badia concretamente del capítulo dedicado al encargo de Quintia Severa.
En él se explica cómo esta mujer decide perpetuar un mensaje mediante una inscripción: un mensaje en el que «la mujer reivindica su propia identidad y sus vínculos sociales y familiares».
La obra de Badia recuerda que, en el mundo romano, una inscripción no solo transmitía un texto: era una declaración pública de prestigio.
Y especialmente en el caso de Quintia Severa: como mujer de aquella época estaba destina a ejercer un papel secundario, pero en este caso ella dispuso de propiedades, tuvo negocios o incluso pudo ejercer cierta influencia en la vida pública.
Importaba la persona homenajeada, pero también quién promovía el monumento, el taller elegido para ejecutarlo, la calidad de la piedra utilizada o incluso el artesano —esclavo o liberto— encargado de grabarla.
Dos mil años después seguimos haciendo exactamente lo mismo, aunque nuestros soportes hayan cambiado.
No comunica igual una conversación de WhatsApp que una resolución publicada en el Boletín Oficial del Estado. Tampoco transmite lo mismo una pintada realizada en un tren que un artículo científico, una carta manuscrita, un correo electrónico o una publicación en una red social.
El contenido puede ser parecido, pero la elección del soporte modifica radicalmente la interpretación.
Desde la Documentoscopia solemos definir el documento como cualquier soporte capaz de contener información. Esa definición, aparentemente sencilla, tiene enormes implicaciones. Un documento puede ser un pergamino medieval, una inscripción romana, una fotografía, un cuadro, un vinilo, una cinta de casete, un correo electrónico, un mensaje de Telegram o un comentario en un foro de internet. Todos ellos son documentos porque conservan y transmiten información, pero ninguno puede analizarse de forma aislada del medio en el que ha sido creado.
La primera pregunta no debería ser únicamente qué dice el mensaje, sino por qué ese mensaje aparece precisamente ahí.
La elección del canal raramente es casual. Un grafiti busca visibilidad, impacto y, en ocasiones, el desafío a la autoridad. Un testamento pretende dotar de seguridad jurídica a la voluntad del testador. Una inscripción funeraria aspira a vencer al paso del tiempo. Un mensaje efímero enviado desde una aplicación de mensajería suele perseguir una comunicación inmediata y privada.
Del mismo modo, tampoco puede separarse el soporte del contexto comunicativo.
Resulta imprescindible analizar quién es el emisor, quién es el receptor, qué relación existe entre ambos y cuáles eran las circunstancias que rodeaban la comunicación.
Quizá esa sea una de las enseñanzas más interesantes que todavía podemos extraer de las inscripciones romanas.
No basta con leer las palabras grabadas en la piedra; también hay que interpretar por qué fueron grabadas precisamente en piedra, quién pagó ese monumento, quién debía contemplarlo y qué efecto pretendía producir.
Similar a esta inscripción, Badia refiere a otras mujeres como Cominia Nereis y Emiliana Furiana que también, so capa de rendir homenaje a sus hijos, mediante esa anotación en piedra, buscaron reconocimiento social.
Por eso aunque los soportes han cambiado, la intención comunicativa sigue dejando su huella en la forma elegida para transmitir el mensaje.