“Haberlas haylas”, como las meigas en Galicia; no hablo de brujas -que me dan no se qué- sino de falsificaciones de obras de arte.

Y es que siempre se cuela alguna; copias exactas o falsificaciones que acaban en paredes de coleccionistas privados y, a veces -ya nos lo recuerda la historia-, no tan privados.

Los peritos calígrafos formamos parte de un equipo multidisplicinar encargado de documentar y analizar una obra de arte.

El informe del perito calígrafo no puede echar por tierra la autoría de una obra, ya que el estudio de la firma tiene un valor relativo y habitualmente solo viene a confirmar su autoría.

Esta afirmación no es un clásico acto de humildad sino que responde a la realidad, porque entorno a una firma estampada en una pintura o dibujo se puede dar una casuística amplísima:

  • Algunos pintores no suelen firmar sus obras, porque -como decía Picasso- no cabe duda de su autoría.
  • Hay obras que pertenecen al taller de un artista; artista que realizaba el boceto o el dibujo principal y sus discípulos concluían.
  • En ocasiones algún accidente o la necesidad de retirar la firma -por ejemplo en España durante la Guerra Civil en Barcelona- ha obligado a retocar o a recomponer en su totalidad la firma original.
  • Firmas que se han estampado con posterioridad para acreditar su autenticidad. Todavía recuerdo a un sobrino nieto de Anglada-Camarasa que en casa de la abuela y a las indicaciones de ésta, la que había sido la esposa del pintor, le decía: -Diego firma este dibujo y este, que el abuelo no los dejó firmados. Dicho y hecho. Y esa firma apócrifa no le resta de un ápice de autenticidad.
  • Firmas auténticas que se han ejecutado de forma anómala por causas exógenas o endógenas, por ejemplo, por el tipo de tela, soporte o útiles empleados.
  • En ocasiones el perito calígrafo no puede emitir un informe porque la firma es agráfica, es decir que contiene escasos elementos gráficos y por tanto es fácilmente imitable.

Y si la casuística es amplísima, los indicios para detectar una posible falsificación es todavía mayor.

Dicen que el elefante africano con 1984 genes de receptores olfativos es el animal con el olfato mejor desarrollado; el hombre no tiene ni olfato de elefante ni vista de lince, pero cuenta, contamos, con medios para detectar presas y enemigos, que en el caso de obras de arte, son copias exactas y falsificaciones.