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En el artículo anterior abordábamos el tema del trazo, tan genuino y auténtico de cada uno, difícil de reproducir sin -como decía Sollange-Pellat- “dejar la marca del esfuerzo”.

El trazo se corresponde con la energía vital, la fortaleza con la que se viven las emociones y la intensidad con la que se ejecutan las acciones.

Pero a estas alturas, el lector ya conoce mi debilidad por descubrir firmas falsas en los museos. Haberlas hailas, como las meigas. Y nada tiene de particular.

La torpeza de los museos es colocar un cuadro auténtico con la firma falsa, rodeadito de otros cuadros auténticos con las firmas auténticas.

Qué fácil sería colocarlo al final de la retahíla de cuadros, o bien en un punto de la sala donde, curiosamente, se ha fundido una bombilla.

Imagínense una sala pequeña que contiene unos ocho cuadros de un pintor.

Cuadros de todas las medidas, pero con un denominador común: la firma estampada con pincel oscuro, con un trazado bien construido, grueso, firme, regular y asentado en la línea de base. 

Pero no todos los cuadros tienen esta firma tan característica.

Y como siempre, dejo que el lector juegue a las Siete diferencias, pronto descubrirá el gazapo.