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¿Prohibir las redes sociales a menores de 16 años? El verdadero problema no está solo en las pantallas

 

En los últimos meses han empezado a circular con fuerza propuestas para limitar o prohibir el acceso de los menores de 16 años a las redes sociales. Algunos países, como Australia, ya han anunciado medidas en esta línea, con el argumento de que las redes son una fuente constante de noticias falsas, desinformación y, especialmente, de lenguaje violento.

La preocupación es legítima.

Como profesora y orientadora en un centro educativo, escucho a diario a familias profundamente angustiadas por el impacto que las redes sociales están teniendo en sus hijos: cambios de humor, conflictos, exposición prematura a contenidos sexuales o violentos, normalización del insulto, de la burla y del desprecio como forma de comunicación.

Ahora bien, reducir este problema complejo a una solución simple —la prohibición— puede ser tranquilizador a corto plazo, pero resulta insuficiente y, en muchos casos, ingenuo.

Desde una perspectiva lingüística y comunicativa, las redes sociales no crean el lenguaje violento desde cero, pero sí lo potencian, lo banalizan y lo hacen cotidiano.

La falta de filtros, la inmediatez, el anonimato y la ausencia de consecuencias reales convierten el insulto, la amenaza o la humillación en prácticas normalizadas.

Los menores no solo consumen ese lenguaje: lo aprenden, lo imitan y lo integran como forma legítima de relación.

El lenguaje violento se ha normalizado y para algunos jóvenes es «lo normal».

El problema se potencia cuando trasladan la violencia virtual, a la violencia real, física, y verbal, porque creen que esa normalidad en las redes puede extrapolersae, sin consecuencias, a la realidad física.

Cuando los padres se sienten desbordados

 

En tutorías y entrevistas con familias aparece un patrón recurrente: padres y madres que reconocen el daño de las redes, pero que se sienten sin herramientas para poner límites. Muchos expresan una sensación de pérdida de autoridad. Otros confiesan que solo cuando un tutor, un orientador o un psicólogo “dice lo mismo” que ellos llevan tiempo diciendo, el menor acepta la norma.

Esta delegación —comprensible, pero peligrosa— convierte al colegio en una especie de instancia sancionadora o legitimadora de lo que debería construirse en casa.

La escuela puede acompañar, orientar y ayudar, pero no puede sustituir la autoridad familiar ni regular en solitario el uso de las pantallas.

Prohibir es más fácil que educar

Las prohibiciones generales tienen algo tentador: descargan la responsabilidad en la ley, en la institución o en el sistema.

Sin embargo, educar es más incómodo. Exige decir “no”, sostener el conflicto, tolerar el enfado del hijo y mantener la norma en el tiempo.

Tal vez la pregunta no sea solo si un menor debe o no tener redes sociales, sino qué tipo de acceso necesita realmente.

¿Es imprescindible un smartphone de última generación a los 11 o 12 años? ¿O bastaría, en muchos casos, con un dispositivo básico, sin conexión a redes, que permita únicamente la comunicación con la familia?

Educar en límites también es educar en libertad

Decir que no a un hijo no es un fracaso educativo; es una forma de cuidado.

Enseñar a esperar, a tolerar la frustración y a comunicarse sin violencia es una tarea lenta, pero imprescindible.

Las redes sociales no desaparecerán. El lenguaje digital seguirá formando parte de la vida de nuestros menores. La cuestión no es solo cuándo acceden, sino con qué referentes, con qué límites y con qué adultos presentes.

Quizá el verdadero debate no sea si prohibimos las redes a los menores de 16 años, sino si estamos ayudando suficientemente a los padres a ejercer su papel educativo en un mundo digital que avanza más rápido que nuestras certezas.