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Durante una reciente visita al Museo de Cau Ferrat en Sitges, donde tuve ocasión de inspeccionar varias obras de Santiago Rusiñol y Ramón Casas, surgió una conversación muy reveladora con el especialista que atendía a los visitantes. Más allá del análisis estilístico propio del museo, la observación directa de las obras me permitió fijarme en un aspecto que rara vez se comenta: la evolución gráfica de la firma de Casas a lo largo de su trayectoria artística.

En una obra temprana, Gitano granadí, realizada cuando Casas apenas tenía veinte años, se aprecia una escritura caligráfica que contrasta con la firma más conocida del artista.
Se observa:

  • Un arranque largo y elegante de la consonante C, con un trazo amplio que denota una voluntad de estilización.

  • Una escritura redondeada, más formal, todavía muy vinculada a los modelos caligráficos académicos.

  • Un ductus más lento y controlado, propio de un autor joven que aún se mueve en un registro gráfico tradicional y en una técnica pictórica todavía por pulir, como corresponde a sus primeras etapas.

A medida que avanzó su carrera, Casas desarrolló la firma que hoy asociamos inmediatamente a su producción:

  • Sobrealzado de las iniciales, lo que otorga mayor personalidad autoral y una presencia más firme.

  • Simplificación progresiva de la caja de escritura, reducida a los rasgos esenciales.

  • Una clara tendencia filiforme, con trazos más ágiles y resolutivos, propios de un gesto ya plenamente consolidado.

Entre una firma y la otra media un cambio que no es solo gráfico, sino también artístico e identitario: Casas abandona la estética caligráfica juvenil y adopta un trazo que busca contundencia y estilización, en sintonía con su madurez pictórica.

La conversación con el experto del museo añadió un matiz histórico imprescindible. Según explicaba, hacia 1910 Casas era plenamente consciente de que su renombre estaba empezando a perder proyección.
La razón era clara:

Si durante años había sido uno de los estandartes del Modernisme catalán, la llegada del Noucentisme desplazó su propuesta estética. Lo que había sido sinónimo de modernidad empezaba a percibirse como un lenguaje perteneciente ya a otra época.

Esa necesidad de renovación se manifestó no solo en su pintura, sino también —y de forma sorprendente— en su firma.

El guía mencionó una obra especialmente significativa: una escena marina, Maricel des del Cau Ferrat.


Se trata de un lienzo en el que Casas ensaya un estilo diferente, más áspero y menos ligado a la temática modernista que lo había hecho célebre. Su voluntad de cambio es evidente, aunque —según el especialista— el resultado no terminó de consolidarse ni estética ni temáticamente.

De forma paralela, en esta etapa tardía aparece una firma completamente distinta, tan simplificada que resulta ilegible.


Es como si el artista, al buscar una nueva identidad pictórica, tratara también de reformular su gesto gráfico, reduciendo la firma a un esquema casi abstracto.

Observar esta evolución en un soporte original —no en reproducciones— ofrece una comprensión mucho más profunda del gesto gráfico y del artista. Pocas veces una firma resume tan bien una vida creativa.