Un padre acudió al despacho para que le analizara la escritura de su hijo de 9 años.

Los análisis concluyeron que la escritura era conforme a la edad biológica e incluso apuntando a un desarrollo intelectual mayor a la media escolar; por el contrario, la escritura también manifestaba un cierto retraso motor.

Este desajuste entre el desarrollo intelectual y motriz se manifestaba en la disgrafía escritural que alcanzaba una puntuación media de 16,5 puntos.

Ahora cabe preguntarse, esta disgrafía ¿a qué se debe?, ¿es solamente algo motriz?

En el caso de este niño de 9 años, la disgrafía nos permitía detectar su estado emocional ansioso y crispado y cierta incapacidad para gestionar impulsos y emociones.

En el informe se redactaron unas recomendaciones a nivel de educación y trato afectivo-emocional especialmente con refuerzo de autoestima, evitando transmitir expectativas de los adultos.

A nivel de motricidad se aconsejó aumentar las actividades físicas, comprobar la lateralidad y corregir la disgrafia con ejercicios muy sencillos.

En estos casos, el grafólogo debe aconsejar que el niño sea tratado por un especialista para que analice las causas de esa ansiedad paralizante y lo trate.

A nivel grafológico las alarma escriturales que reflejan la ansiedad eran estas:

  1. Ejecución dextrógira (agujas de reloj) en los óvalos,
  2. Arranque o final superior en los óvalos,
  3. Rasgo final muy descendente en la letra a,
  4. Dificultad para ejecutar una letra L,
  5. Correcciones,
  6. Separación excesiva entre las letras,
  7. Ejecución de la letra R a modo de número 8 estrechado,
  8. Inhibiciones en la construcción y finales, ausencia de cohesión yuxtapuesta,
  9. Hampas rebajadas,
  10. Arqueamientos y torsiones,
  11. Letras o palabras que bailan o fluctuantes sobre la línea de base,
  12. Espaciamientos arrítmicos.

Análisis grafológicos como estos reafirman que la grafología además de ser una técnica fiable y eficaz contribuye a la labor educativa y facilita la intervención de otros profesionales.