“Letras o ciencias”

La elección en mi caso estaba clara hace 30 años cuando decidí estudiar Filología Clásica: fue y es una decisión controvertida en un mundo que parece admirar sólo a los de ciencias. Y resulta que estas alternativas no son  opuestas sino complementarias, y si no, veamos cómo empezó la escritura.

3.000 años a. C. en un rincón entre Bagdad y Basora en Irak el hombre vio la necesidad de anotar cierta información.

Los antiguos mesopotámicos añadieron a su curiosidad intelectual la necesidad de “examinar, clasificar, ordenar y analizarlo todo” y quizás es por ello que, según Serratrice-Habib, consiguieron perpetuar su civilización.

Se imponía entonces alguna manera para registrar las transacciones comerciales, pero ¿Cómo hacerlo?

Resulta que ,como siempre sucede, la solución está más cerca de lo que creemos y así Mesopotamia (mesos-potamós: lugar entre dos ríos) aprovechando esa  gran abundancia de arcilla debido a las características del suelo, desarrolló plenamente la alfarería para fabricar fácilmente objetos prácticos de uso cotidiano.

De ahí que con barro se fabricaron pequeños objetos de barro de distintas medidas que sustituyeron a las monedas.

Estos objetos o cálculos se colocaban en una bola de barro que al principio debía romperse para contar los cálculos pero que posteriormente se conservó para poder anotar la cantidad de piezas que contenía.

Con el tiempo, junto a estas anotaciones se insertaron los símbolos de los objetos vendidos (pictogramas de cabezas de ganado) y posteriormente “se definieron las cifras mediante signos más abstractos”.

Así empezó todo: ante la carencia de otras materias primas, la abundancia del agua de los ríos y sus sedimentos fangosos, nació la escritura.